La APE y Amnistía Internacional Elche se unen para celebrar el Día Mundial de la Libertad de Prensa

La Asociación de Periodistas de Elche (APE) y el grupo local de Amnistía Internacional (AI) conmemoran esta semana el Día Mundial de la Libertad de Prensa que se celebra cada año el 3 de mayo. Para ello, han organizado un acto con el que, en particular, tratarán de visibilizar los riesgos a los que se exponen los profesionales de la información en Turquía y también se repasarán los retrocesos de la situación de la libertad de prensa a nivel mundial y de la importancia asociativa para luchar contra la precariedad en el ámbito más cercano.

Este sábado 12 de mayo, a las 12 horas, tendrá lugar una mesa redonda en la sede de Amnistía Internacional Elche, calle Sant Pere, 9. La APE y AI acogen al editor turco Mehmet Siginir, que aportará su experiencia tras ser despedido de su medio en Turquía y tener que exiliarse en España después de recibir presiones del gobierno turco. En esta mesa redonda también participará el periodista Pablo Serrano, de la Asociación de Periodistas de Elche, que aportará datos sobre la importancia de la unión en el periodismo ante el panorama de precariedad de la profesión. Por otra parte, la periodista Alexandra Murcia, de Amnistía Internacional, presentará datos sobre el retroceso de la libertad de prensa a nivel mundial a través de casos concretos.

Mehmet Siginir ha editado y traducido más de 70 libros y ha sido editor jefe de la revista trimestral Cascada (2012-2016). Participa habitualmente en conferencias, ferias de libros y actos públicos en Latinoamérica y España. Vive exiliado en España, con su esposa española y sus hijos, y en la actualidad coordina la Plataforma Pro Derechos y Libertades, que defiende los derechos humanos y las libertades con un enfoque especial en Turquía.

Editor turco Mehmet Siginir

Información de Mehmet Siginir

Mehmet Siginir aparece en una lista de periodistas y editores buscados por el gobierno de Turquía. El gobierno de Turquía comenzó a tomar control de medios y editoriales mucho antes del intento de golpe de Estado de julio de 2016, y eso es algo que el editor turco Mehmet Siginir puede narrar en primera persona.

Licenciado en Lengua y Literatura Españolas por la Universidad de Fatih, Estambul, Siginir llevaba 13 años trabajando para la editorial Kaynak Publising Group, confiscada por las autoridades turcas en noviembre de 2015. Le había llegado el turno en el proceso de intervenciones de empresas e instituciones privadas pertenecientes a simpatizantes del movimiento Gulen que comenzó en 2013, tras revelarse varios escándalos de corrupción que salpicaban al gobierno y al entorno del presidente turco.

A Mehmet Siginir le despidieron el 12 de febrero de 2016, mientras estaba en el hospital siguiendo el tratamiento de su hijo mayor, aquejado de una gravísima enfermedad que acabaría con su vida el 1 de marzo. La noche del intento de golpe, el editor sintió una gran preocupación, pues contaba con que irían a por él, agravando así la situación de su familia golpeada por la tragedia. Un mes después, cuando logró completar la documentación, pudieron abandonar Turquía. En enero de 2017, su nombre apareció en una lista de periodistas y editores contra los que se habían dictado órdenes de detención.

Mehmet Siginir ha editado y traducido más de 70 libros y ha sido editor jefe de la revista trimestral Cascada (2012-2016). Participa habitualmente en conferencias, ferias de libros y actos públicos en Latinoamérica y España. Vive exiliado en España, con su esposa española y sus hijos, y en la actualidad coordina la Plataforma Pro Derechos y Libertades, que defiende los derechos humanos y las libertades con un enfoque especial en Turquía.

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Contra la precariedad en el periodismo: unidad, solidaridad y organización

Desde la Asociación de Periodistas de Elche condenamos los nuevos despidos que han tenido lugar recientemente en el diario Información, dos en Alicante y uno en Elche; más despidos que se engloban dentro del marco precario que lamentablemente rige nuestro oficio. Una vez más, recordamos que los despidos no sólo afectan a quienes dejarán el medio en cuestión, también repercutirá en las condiciones laborales del resto de la redacción si esos puestos no se vuelven a cubrir.

Como ya sucediera el año pasado con La Verdad, en un periódico o en cualquier medio, hacer la misma labor con menos recursos humanos se traduce en peores condiciones laborales que después influyen directamente en la calidad de la información —menos tiempo o recursos para trabajar una información, menos tiempo para revisar o entregar artículos, etc.— y en el derecho a la misma.

Por eso queremos hacer también un llamamiento a la unidad, la solidaridad y la organización en la profesión, también a nivel local, puesto que estos casos forman parte, tristemente, de nuestro día a día. Si no actuamos seguiremos asistiendo al deterioro de nuestros medios y nuestras condiciones y derechos laborales fundamentales.

Cuando no hay más salida que reinventarte: De la crónica al marketing

Por Esperanza Blanc

Echo de menos la radio. Echo de menos la radio y todo lo que implicaba trabajar en radio. Las prisas, los nervios y la concreción. Pero, sobre todo, echo en falta el micro y los auriculares, todo lo que me conectaba con el oyente y la noticia. Y eso que las últimas noticias que cubrí fueron muy duras: varios desahucios, violencia de género, la violación de una menor o el juicio a unos policías tras la muerte de un joven nigeriano en un avión. Vaya, el mundo apenas ha cambiado. Y yo soy periodista, aunque todavía me muestre confundida cuando me preguntan por mi profesión y me sienta obligada a dar explicaciones de mi devenir. Y, ni soy la primera que debe reinventarse y adaptarse a una nueva manera de comunicar, ni seré la última.

Porque el salto de la cobertura de la noticia a inventar fórmulas para que las marcas se comuniquen con sus públicos es como saltar una ola en la orilla del mar: te hace ilusión, te exige un esfuerzo y te pringa.

Evidentemente mi despido me dolió y el desaparecer del mapa mediático me asustó, pero la vida sigue y si algo tenemos los periodistas es capacidad de adaptarnos y de contar con herramientas para reclinarnos. Y de ahí vinieron las horas leyendo libros sobre publicidad, el target, los imputs, las influencers y aprender estúpidos vocablos anglosajones, ¡Con lo que yo era defendiendo la lengua de Cervantes! Y el aprendizaje continúa porque el marketing online, el big data, los CPC, CTR, CPA, CPM, CPL y todas las siglas que a alguien se le ocurra, vienen pisando fuerte y son una realidad en mi día a día.

Respecto a la ilusión que te hace saltar la ola, el encontrarme con un sector tan diferente, tan comercial, materialista y de fuegos artificiales, tuvo y tiene su puntazo de fantasía. Cierta fantasía, que me recuerda a algunas ruedas de prensa locales. Llegaron los nuevos compañeros:  creativos, diseñadores, programadores, estilistas, celebrities … modernos en definitiva a los que les importaba bien poco que yo estuviera indignada por el nuevo Plan General de Ordenación Urbana, por las escasas medidas contra el picudo o con el uso político del regreso de la Dama. Todo esto a mis nuevos compañeros se la traía al pairo. Y vi como mis conversaciones y preocupaciones viraban hacia un mundo centrado en convencer consumidores. Además, en este salto, iba a perder de vista a la clase política (¡toma!) para enfrentarme ahora al alto ejecutivo, empresario y a los divertidos directores de marketing (toma). A veces, sólo a veces, se cumple “el más vale malo conocido que bueno por conocer”.

Es cierto que no he abandonado del todo los hábitos periodísticos: a primera hora del día leo la prensa y oigo la radio. Y si pasa algo, dícese elecciones, sucesos, declaración o foto morbosa, me uno al consumo de medios y redes sociales como la que más. Otra certeza es que no he abandonado las prisas, me da igual que ya no haya inmediatez en mi trabajo, yo sigo corriendo por la agencia como corría hacia el estudio porque no llegaba al directo. Mis compañeros ya se han acostumbrado.

Y para no faltar a la realidad, también puedo enumerar qué he podido aportar o aporto como periodista mujer en el día a día de una agencia. Con humildad, supongo que poco, parándome a pensar con detenimiento, he conseguido que, ante determinadas campañas o mensajes, mis compañeros me pregunten mi opinión buscando una mirada de género, por ejemplo. Otra cosa es que me hagan caso. Pero bueno al menos, el debate y análisis se consigue.

También, en este tipo de trabajos, el perfil del periodista ayuda a realizar otras lecturas empresariales o a perfilar mensajes más sociales dentro de las estrategias que planteamos para las empresas o marcas. Y sobre todo en un sector volcado hoy en día en la generación de contenidos de calidad y en las experiencias de marca, los periodistas tenemos mucho qué aportar. Sin duda el éxito de muchos de estos trabajos reside en que detrás hay un equipo interdisciplinar donde todas y cada una de las opiniones son consideradas.

Y de las ruedas de prensa de Mercedes Alonso, Alejandro Soler o Jesús Pareja, pasando por los ensayos generales del Misteri, la cobertura del Festival Medieval o el juicio del parricida de San José, hoy me veo contactando con el manager de Rafaela Carrá para un evento, haciendo una entrevista a Pasión Vega para una revista de Federópticos, en un pequeño pueblo cántabro con Jesús Calleja y 40 empleados de Phone House o preparando propuestas estratégicas con todas las siglas que os podáis imaginar.

Al fin y al cabo, soy periodista, me amoldo a todo.

¿Alguien tiene un chaleco antibalas?

No recuerdo exactamente cuando decidí irme a Bosnia, pero sí me viene a la memoria estar en el despacho del que entonces era Jefe de Informativos de Canal Sur Radio. Fue él quien me recomendó que me pusiera en contacto con un periodista curtido en guerras y colaborador de Reporteros Sin Fronteras, Julio Cesar Alonso. Precisamente estaba cerrando contratos con Antena 3 para cubrir la guerra en Sarajevo, cuando contacté con él.  A partir de ahí, comenzaron los preparativos de un viaje del que nada sabía, aunque devorara lo que salía en los medios de comunicación. Yo quería saber cómo se trabaja en una guerra, y quería parar aquella guerra. Quería detener la violencia contra la población civil, contra los periodistas locales y extranjeros, y creía que yendo allí, contándolo en la radio, lo conseguiría.

Llegué una mañana a la redacción y pregunté: “¿Alguien tiene un chaleco antibalas?”. Me lo contó hace poco una compañera entre risas. Yo no lo recordaba, pero seguro que daba por supuesto que todo medio de comunicación debía tener material para ir a la guerra. Tenía ganas de comerme el mundo, de absorber como una esponja todo lo que estuviera a mi alcance. Un compañero cámara de Canal Sur Vicente, un periodista de la Radio Televisión Portuguesa (RTP) Pinto, el enviado de Antena 3 Julio, y yo componíamos esta expedición. Tanto Julio como Pinto eran veteranos. Vicente y yo nos estrenábamos.

Viajamos de Sevilla a Madrid. Y de ahí a Frankfurt. Hasta aterrizar en Zagreb la capital de Croacia. No recuerdo muy bien tampoco cómo llegamos al Adriático, a Split. Pero sí tengo presente que aquella noche escuché la primera ráfaga de metralleta de mi vida. Y comencé a sentir miedo. Alquilamos un coche y por carreteras de montaña, caminos de tierra en ocasiones, comencé a pensar en la posibilidad cierta de que pudiera haber minas. El miedo entonces incrementó un grado más en la escala.

No puedo poner en pie en qué localidad dimos con el convoy de la ONU que nos llevaría hasta Sarajevo. Pero sí tengo imágenes de la destrucción que íbamos viendo en vehículos, casas, el movimiento de tierra en los cementerios. Entrar en Sarajevo a 130 km por hora, esquivando las balas de los francotiradores. Vicente y yo íbamos en los asientos traseros con la cabeza metida entre las rodillas, para que no vieran nuestras cabezas, aunque, la verdad, podrían apuntar a las ruedas y mandarnos al carajo a todos. De vez en cuando intentaba mirar de reojo por la ventanilla y sólo podía ver edificios en ruinas ennegrecidos por el fuego, coches destrozados, escombros en la calzada que había que esquivar.

Y finalmente llegamos al Hotel Holliday Inn de Sarajevo. Allí se concentraba la prensa internacional. Poco duramos porque la primera noche bombardearon el edificio. Atacaron dos plantas. Y nos trasladamos al edificio de la Radio Televisión Bosnia. Esa fue nuestra casa, nuestra redacción, nuestra sala de montaje, nuestra sala de prensa en los más de 40 días que permanecimos en Sarajevo.

Entonces no había Internet. Los teléfonos de Eurovisión eran vía satélite y costaba un pastón cada conexión. Había máquinas de escribir, no ordenadores. Y la CNN empezaba a despuntar por su tecnología, y porque sus reporteros iban vestidos como soldados con chalecos antibalas, cascos y ropa de camuflaje. La prensa en general hacía piña. Compartía informaciones, trayectos por la ciudad para recoger imágenes o sonido. Había compañerismo. Encontré a varias fotógrafas, pero ninguna redactora. Como mujer tuve miedo a ser violada, a que me secuestraran, a que hirieran o peor que me mataran. Pero siempre la convicción en mi interior de que saldría viva de aquella.

Hubo dos momentos clave para mí durante aquel mes de agosto de 1992. Uno fue en la morgue. El olor a desinfectante, la impresión de ver tantísimos muertos- yo no había visto ningún cadáver antes- de verles las caras, sus expresiones, que podrían ser mi familia, me provocó un mareo. Me fui al coche a cambiar el carrete de mi cámara. Y bajé la ventanilla. En ese momento, escuché el silbido de un obús que cayó a unos metros. Afortunadamente al tener la ventanilla bajada, no se rompieron los cristales, aunque la onda expansiva hizo que mi cerebro se quedara como suspendido en el aire. Tuve dolor de cabeza durante todo el día. Me tuve que acostar. No podía ni abrir los ojos.

Otro de los momentos fue días después en la oficina de la Radio Televisión Bosnia que utilizábamos como habitación, redacción, y almacén de material. Dormíamos en camastros de campaña que plegábamos de día para despejar el espacio y poder trabajar. Me quedé sola, mientras el resto de compañeros montaban sus piezas para enviar a sus cadenas antes del informativo. Yo ya había lanzado mis crónicas. Siempre esperaba a los demás para bajar a comer en el sótano a la cafetería de la TV, donde siempre había las mismas cosas: una sopa un poco aguachirri y algo de puré, alguna vez carne. Esa vez decidí irme sola a comer. Y fue cuando atacaron el edificio de la TV y entró un proyectil en nuestra habitación. Los compañeros no se atrevían a abrir la puerta pensando que yo estaba dentro y temiéndose lo peor. Pero afortunadamente yo no estaba allí, algo me dijo dentro de mí que me fuera.

Escribo estas anécdotas porque me lo ha pedido mi amigo Javier Pascual, que es quien me ha insistido en que saque a la luz las fotografías que hice 25 años atrás en Sarajevo. Mi cuerpo me pide escribir que mi memoria no es fiel a lo que de verdad ocurrió allí. Y que cuando regresé estaba hecha una piltrafa, física, mental y emocionalmente. Me diagnosticaron shock postraumático.

Nunca se suele contar lo que les pasa a los reporteros de guerra cuando regresan a sus casas. Sí sé que yo no he vuelto a ir a cubrir una guerra. Que aquella experiencia me sirvió para querer saber más de mí, más de lo que nos mueve a las personas a matar, a amar, o a torturar. Y que antes de periodista, hay que ser humano. El dolor no es ajeno, Y cuando alguien muere, todos nos morimos un poquito. También sé que las guerras son negocios. Todo por la pasta, y que para la economía no hay seres humanos sino números y balances. No puedo cambiar el mundo, pero sí a mí misma.

Y en eso estoy desde entonces. Preparar esta exposición ha sido un revulsivo en muchos aspectos.  Un proceso sanador y terapéutico, una reconciliación con lo que creí ver y sentir, con los engaños de la memoria y con la mujer que fui. Quien está en paz no va a una guerra, o quizás sí. Para arriesgar en la vida y en la profesión, no hace falta ir a una guerra. Hay millones de temas para meterles mano. Y hay que tener bien puestos los ovarios para meterse en ellos. Pero también digo que con los medios tecnológicos actuales no veo tantos reporteros de guerra. Las imágenes que se ven de Siria son de Agencias o de internet. O de periodistas locales. No suelo ver los informativos. Pero me parece que las grandes cadenas no envían a nadie a los conflictos de Siria, o Afganistán. ¿Un asunto de costes económicos? Los freelance son los que están sirviendo imágenes a medio mundo. Quizás la guerra en los Balcanes marcó un punto de inflexión en este oficio del periodismo. Y se empezó a ver a los reporteros como objetivo a abatir, con balas, bombas, secuestros, torturas, o simplemente ejecuciones. No me llegué a poner un chaleco antibalas. Pero si me lo hubiera puesto, la palabra Press en él, o la bandera blanca en el coche, no hubieran sido una protección o salvoconducto sino un reclamo de caza.

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Aurora Gilabert

Aurora Gilabert es periodista y autora de la exposición Memoria de Sarajevo, que se inaugura el próximo 2 de febrero, a las 19.30 horas, en la sala de exposiciones de Radio Elche. Visitas de 10 a 14 y de 17 a 20 horas, hasta el 16 de febrero.

Licenciada en Ciencias de la Información por la Universidad Autónoma de Barcelona. Aurora Gilabert empezó su andadura profesional en RNE en Barcelona, donde trabajó en distintos programas y en los servicios informativos de la emisora pública. En 1991, se traslada a Andalucía y es contratada por Canal Sur Radio, empresa en la que continúa. En 1992, fue a cubrir la guerra en Bosnia. Directora del programa de ONG “Andalucía Solidaria”, y del programa para niños “La Isla de la Radio”, ha compaginado esta labor con los servicios informativos diarios. En la actualidad es redactora del área de local en Sevilla de Canal Sur Radio. En 2015 fue galardonada con el Premio Andalucía de Periodismo por su reportaje documental sobre el suicidio “Los Años perdidos de vida”. Acaba de publicar un segundo trabajo sobre la siniestralidad laboral, titulado “Cuando la vida se deja en el trabajo”.

 

 

La periodista Aurora Gilabert presenta en Elche sus fotografías inéditas del cerco de Sarajevo

La Asociación de Periodistas de Elche expone a partir del 2 de febrero en la sala de Radio Elche-Cadena SER esta colección junto a un audiovisual

Mientras España disfrutaba en 1992 de la Exposición Universal de Sevilla y de los Juegos Olímpicos de Barcelona, en la antigua Yugoslavia se desencadenaba el conflicto bélico más importante en Europa desde el final de la Segunda Guerra Mundial. En abril de aquel año, las fuerzas serbias sitiaron Sarajevo, la capital bosnia.

Testigo de lo que ocurrió en aquel verano fue la periodista de Canal Sur Radio, Aurora Gilabert (Avilés, 1967). Sus crónicas mantuvieron al corriente a los oyentes de la radio pública andaluza de los bombardeos, las ofensivas y contraofensivas, pero también de otra lucha: la de la supervivencia diaria de la población civil.

Las imágenes ven por primera vez la luz en Elche, 25 años después de la guerra

El horror de aquella guerra lo captó también a través su cámara Nikon. Fueron cerca de 1.000 diapositivas en color y 400 fotografías en blanco y negro. Aquellas imágenes han permanecido guardadas durante 25 años en un cajón y ven ahora por vez primera la luz en la exposición que la Asociación de Periodistas de Elche y la Fundación Radio Elche presentan desde el próximo 2 y hasta el 16 de febrero en la sala de exposiciones Radio Elche-Cadena Ser.

“Memoria de Sarajevo” es una muestra de aquellas fotografías inéditas realizadas en agosto de 1992. La exposición consta de 40 imágenes en blanco y negro y color en formato 30 x 40 y de un audiovisual con otras fotografías y algunas de las crónicas radiofónicas que Aurora Gilabert realizó durante los 40 días de estancia en una ciudad sitiada. Aquella guerra ocurrió hace 25 años, pero hoy, en la actualidad, hay otros países viviendo lo mismo sin que la denuncia de lo que allí pasó haya servido para aprender y no cometer los mismos errores. Con esta exposición, la APE invita a revisar la historia para reflexionar sobre el presente, el impacto de todas las guerras en quienes más las sufren, la población civil.

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“En el cerco de Sarajevo en agosto de 1992, encontré lo peor y lo mejor del ser humano, sin refinaciones, en bruto, con impacto directo en el corazón –manifiesta ahora Aurora Gilabert- Nunca me había planteado la muerte, el hecho ineludible de que un buen día, sin más, llega la muerte y no hay nada, absolutamente nada en el mundo que lo evite, porque es la ley de la propia vida. Y ese vacío que se abre en los pies, para aprender a ser astronauta de la vida y de la muerte. En el fondo, me creía que aquello se podía parar. Que sin testigos internacionales, que sin prensa independiente, la guerra iba a ser más larga, más atroz. ¡Cuanta Paz buscaba dentro de mí, luchando fuera contra la Guerra! Pero entonces, veía valentía, donde había cierta cobardía para tirarme a la piscina de mis  agitadas aguas interiores. Sin aquella experiencia no sería la mujer que soy ahora”.

“Pensé que estas fotos no interesarían a nadie, pero mi amigo Javier Pascual me hizo ver que no era así. Que quizás no eran instantáneas de gran calidad pero sí decían cosas de algo que ocurrió a las puertas de España, en mitad de Europa”, comenta Aurora. “En este proceso de mirar las fotos que hice 25 años atrás, hay un momento increíble: cuando Tomás Díaz Japón me escanea los negativos en blanco y negro, y me enseña las fotos en su enorme pantalla de ordenador. Sólo las había visto en contactos, casi en miniatura. Entonces los recuerdos, los olores y las sensaciones volvieron de repente”.

La autora

unnamedLicenciada en Ciencias de la Información por la Universidad Autónoma de Barcelona. Aurora Gilabert empezó su andadura profesional en RNE en Barcelona, donde trabajó en distintos programas y en los servicios informativos de la emisora pública. En 1991, se traslada a Andalucía y es contratada por Canal Sur Radio, empresa en la que continúa. En 1992, fue a cubrir la guerra en Bosnia. Directora del programa de ONG “Andalucía Solidaria”, y del programa para niños “La Isla de la Radio”, ha compaginado esta labor con los servicios informativos diarios. En la actualidad es redactora del área de local en Sevilla de Canal Sur Radio. En 2015 fue galardonada con el Premio Andalucía de Periodismo por su reportaje documental sobre el suicidio “Los Años perdidos de vida”. Acaba de publicar un segundo trabajo sobre la siniestralidad laboral, titulado “Cuando la vida se deja en el trabajo”.

Del periodismo de subsistencia a la oposición

Por Laura Martín

Hace poco más de un año que soy periodista. Siempre lo he tenido claro. En principio quería cubrir la información de deportiva, hoy prefiero contar historias de esas que no tienen hueco en los grandes medios. Mi ilusión es trabajar en el tercer sector. Desgraciadamente, el escaso presupuesto con el que cuentan les lleva a buscar perfiles muy concretos y eso requiere de una gran inversión (másteres en cooperación al desarrollo, voluntariado en el extranjero, ingles, francés…)

Me gusta decir que soy periodista aunque, por desgracia, no he podido ejercer de manera profesional. He realizado, y sigo haciéndolo, diversas colaboraciones en radios y medios digitales y, desde hace casi tres años, soy voluntaria de prensa y comunicación de una ONG. Con el correr del tiempo he ido perdiendo la confianza en poder acceder a un trabajo remunerado dentro de mi sector. No me atrevería a decir que sea imposible. No obstante, las periodistas en activo que me rodean desarrollan nuestra profesión de manera precaria y eso es desalentador, como poco.

La necesidad de subsistencia ha hecho que me replantee mi futuro. Este último año ha sido un vaivén de decisiones y, con ello, de emociones. La situación en la que me encuentro me ha llevado a pasar de periodista a opositora. Nunca me había planteado presentarme a una oposición. En ocasiones siento que he claudicado y, en otras, creo que la plaza de funcionaria me permitirá hacer aquello que siempre deseé sin la presión de llegar a fin de mes.

El primer contacto que tuve con este mundo del empleo público está relacionado con el periodismo. A principios de este año salió la convocatoria de Técnico de Comunicación y Relaciones Informativas para la Diputación de Valencia. Una muy buena oportunidad. Anteriormente, este puesto de trabajo había sido cubierto por personas relacionadas con lo que ahora conocemos como el “caso Imelsa”. Por lo que, para garantizar la objetividad de la asignación de estas plazas, la Unió de Periodistes ha fiscalizado todo el proceso y ha participado en la redacción de las bases y los temas del examen, nada más y nada menos que 90. No obstante, la búsqueda de transparencia ha hecho de esta convocatoria un cuento de nunca acabar. Desde marzo estamos esperando un examen que se prometió para este año.

Hoy preparo oposiciones para la administración pública. Un puesto de trabajo que no tiene nada que ver con lo que siempre he querido y para lo que no necesito tener una titulación universitaria. El día que lo decidí me sentí fracasar. Hoy estoy bien. Tengo ilusión por conseguirlo. Me he dado cuenta, y me he prometido a mí misma que éste será el medio para poder hacer lo que siempre he querido, contar historias de aquellos que no pueden.

No viviré del periodismo pero disfrutaré con él.

Periodistas contra la precariedad: organizarse es necesario, pero no suficiente

Concentración de los trabajadores de El País Catalunya en la puerta del diario en repulsa a las cargas del 1-O
Por Pablo Serrano

La vuelta al cole ya está aquí (hablo en nombre de aquellos que tenemos vacaciones en septiembre), con un panorama político más cargado que nunca a nivel estatal, y más o menos con la misma situación local con la que dejamos Elche antes de las vacaciones. Y aunque parezca mentira, hay un hilo conductor entre ambos panoramas: poco se habla —veladamente, supongo— de las condiciones de vida de trabajadores y trabajadoras, ciudadanía, gente, pueblo, podemos llamarlo como queramos. Estos días vivimos también una disputa sobre algunos términos. Pero entre todo ese totum revolutum de términos también entramos nosotros, los y las periodistas.

Y ante un marco laboral tan jodido (por no hablar del político, eso ya es otro cantar), tiendo a hacerme preguntas que me vienen a la cabeza cada cierto tiempo. Una de ellas es qué podemos hacer como periodistas para mejorar nuestras condiciones, pues nuestro oficio ya estaba en crisis antes de que viniera la Crisis™. Y como ocurre con el resto de situaciones laborales, sólo se me ocurre una, organizarnos colectivamente. La única que ha habido. Dentro de esa podemos manejarnos en dos escenarios: afiliarse a algún sindicato, que es la mejor forma de presionar y defenderse frente a la erosión de derechos —en mi opinión—, u organizarse en asociaciones, como hemos hecho en la APE, sabedores, eso sí, del complejo marco en el que nos movemos. Como digo, lo primordial, organizarse.

Durante los últimos años, hemos visto despidos o recortes prácticamente en todos los medios locales de la ciudad, y eso en el caso de los que aún siguen vivos. Pensando acerca del futuro de la asociación o el oficio siempre me viene a la mente lo mismo, si pudimos haber hecho algo contra el cierre de La Verdad. Lo suyo fue un caso de manual: recorte de plantilla, falta de recursos para hacer un periódico en condiciones, rentabilidad baja, cierre. ¿Podríamos haberlo evitado? Con casi total seguridad, no. Pero sí podríamos haber hecho algo más todos, y no hablo en nombre de la asociación, sino de los y las periodistas que trabajamos en la ciudad. Ni una concentración. Poco más que algún comunicado en redes sociales o blogs.

¿Es eso lo que vamos a hacer para combatir la precariedad y dignificar la profesión? ¿Unos párrafos testimoniales? Siempre se suele hablar de la precariedad de la gente joven, de la temporalidad del verano, del trabajo en la hostelería. Está hecho todo un cristo, sí. ¿Pero y qué hay de quienes ejercen el periodismo? Trabajos sin contrato, contratillos en un limbo legal, el clásico de hacer más horas de las que tienes estipuladas, la figura del falso autónomo… Pero ya se sabe, con la cantidad de paro que existe, siempre hay alguien dispuesto a hacer tu trabajo por cuatro pesetas menos. O algún becario que quiera los créditos de las optativas.

Si pretendemos hacer algo por mejorar la situación, deberíamos dejar de guardar silencio ante despidos, EREs u otros abusos que hemos visto durante estos años

Y ante esa lógica empresarial que está aplastando el periodismo, no sólo nos encontramos con situaciones como la de La Verdad, sino otra que inquieta, que es la falta de solidaridad entre nosotros mismos. Quizá esclavos de ese “no abras la boca, no sea que te toque”, falta de empatía porque no ha existido ese sentimiento como colectivo, o pasividad, simple y llanamente, “cada uno a lo suyo y a mí que me dejen en paz”, que es la peor de las escenas. Si pretendemos hacer algo por mejorar la situación, deberíamos dejar de guardar silencio ante despidos, EREs u otros abusos que hemos visto durante estos años.

Esto pasa por acostumbrarnos a los procedimientos colectivos, a las movilizaciones (sorpresa, nosotros también somos trabajadores, no sólo narradores, ¡y tenemos intereses! ¡como las empresas mediáticas!) cuando son oportunas, dejar de ponernos de perfil ante situaciones injustas. Salir a la calle sin ningún tipo de complejo. Y de nuevo pienso en el cierre de La Verdad y lo poco o nada que hicimos. Estar en una determinada asociación, sindicato o colectivo no sirve de nada si no hay actividad, conciencia, si no se plantean estrategias u objetivos. Da igual el nombre que lleve, lo que cuentan son los actos. De nada sirve estar en un colectivo potente si es inmovilista.

En ese sentido, no deja de llamarme la atención, estos días (una vez más), algunas posiciones de la FAPE, primera organización profesional de periodistas del país. Esta vez, con personalidades del Gobierno dando las gracias a la prensa por su papel en el tema catalán. Viendo las portadas o los informativos de estos días, esto es, cuanto menos, sintomático. Curioso que a la presidenta le preocupe más que los jóvenes no sepan distinguir un medio de las redes sociales que la credibilidad de los mismos. Quizá por eso la gente joven se informa en las redes sociales —bien o mal—. En cualquier caso, hay multitud de colectivos, desde la Asociación de la Prensa de Madrid hasta la Unió de Periodistes Valencians, pasando por el Sindicat de Periodistes de Catalunya. Unos con mejores posicionamientos o más contundentes que otros, pues hay de todos los colores y para todos los gustos, como es obvio.

De nada sirve estar en un colectivo potente si es inmovilista

Es perentorio plantearse estas situaciones, funcionar como colectivo. Y aunque el oficio esté mal (¿cuánto hace que dejó de estar bien?), no desalentar a las nuevas generaciones de periodistas que se irán formando. Que se van a enfrentar a un panorama jodido, claro; como otras carreras de Ciencias Sociales que no acaban en sus salidas naturales. ¿Que hay muchas universidades que ofertan periodismo? Puede ser. En cualquier caso, la solución no es el mensaje apocalíptico que ya recuerdo que nos daban en la universidad y que veo actualmente en mi entorno. Hacen falta periodistas. Buenos periodistas, formados, con conciencia crítica, que hagan un periodismo responsable, pegado a la sociedad; lejos del que vemos estos días en los medios masivos, y que evite —o facilite, que es peor—, crear ciudadanos dóciles y pasivos.

Estos mensajes apocalípticos tienen su parte de razón, con el periodismo no te vas a hacer rico (salvo algún caso), y por supuesto el pretexto de la vocación no justifica tragar con tanta precariedad, ni debemos dejar que se justifique de esta forma. Precisamente quizá lo que deberíamos cambiar es el discurso que ofrecemos en la carrera y colectivos periodísticos. Hemos de ser realistas, por supuesto, pero hablar al mismo tiempo de las alternativas que hay para renovar el oficio, o la necesidad de organizarse colectivamente para evitar que la precariedad y los trabajos basura sigan aumentando —parece mentira que FOL sólo se dé en el instituto, ¿la gente de la universidad no tiene que trabajar?—. Más calle y menos tertulianismo. Más información sobre las herramientas que tenemos para defendernos.

Luchar contra las prácticas gratuitas requiere de mucha organización y trabajo colectivo

Y por supuesto, intentar que las universidades, como pueda ser la UMH, que tenemos cerca, no ofrezcan prácticas gratuitas. Hemos visto cantidad de ellas, sin ningún tipo de filtro, no remuneradas a pesar de desarrollar trabajo, o becas que sustituyen puestos laborales. Luchar contra esto requiere de mucha organización y trabajo colectivo. Concienciar a los y las nuevas periodistas, aunque sea a pequeña escala en nuestra ciudad, puede hacer que haya mayor responsabilidad con respecto a los puestos precarios y mejores condiciones generales. Ya tenemos las migajas contractuales de entrada; vamos a animar a toda esa juventud de las aulas a que salga de ellas con las ideas claras. Y si es huyendo de individualismos, algo que reina bastante, mejor.

Se ha hablado largo y tendido de la necesidad del periodismo con eslóganes que siempre quedan guay y se quedan en eso, en eslóganes. Bien, pues apechuguemos y pongámonos a la obra. Pongamos en valor el periodismo local y a los y las buenas profesionales que trabajan duro en él. Que esas nuevas hornadas no se mantengan impasibles ante las injusticias y se mojen; que tomen partido, pues ya se ve día a día el poder que tiene el periodismo. Precisamente si les desalentamos con mensajes de lo mal que está y que mejor estudiar otra cosa (como si todas las carreras ofrecieran salidas laborales espléndidas), dejando al periodismo como un mero hobby, sólo estudiarán periodismo aquellos que económicamente se lo puedan permitir. Y de ahí puede venir, en parte, la prensa acomodada y obediente (hablo a nivel nacional), dependiendo de a dónde mires, que hoy tenemos.

Pensemos en la responsabilidad que tenemos como asociaciones no sólo con nuestros derechos, también con los de quienes vendrán después y los que nos rodean; los mensajes que queremos lanzar y cómo podemos mejorar colectivamente. ¿Qué hacer? Reflexionemos. Pero sobre todo, actuemos. El primer paso es organizarse.