Soy periodista

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Marga Guilló Durà, de ADR Camp d’Elx, en el encuentro sobre comunicación y cambio climático
Por Sandra Morell Alemany

El periodismo era mi sueño. Buscar historias, investigar, preguntar, contrastar… y, después, contarlo por la radio. Quería cambiar algo, que la sociedad estuviera informada, que tuviera poder, que no la pudieran engañar. Eso es el periodismo para mí y eso creía que era: informar, contar realidades e invitar a la reflexión y al cambio.

Mi realidad, sin embargo, es muy diferente.

Empecé a estudiar Periodismo en 2005. Terminé en 2016, compaginando estudios con trabajos precarios en los últimos años. Desde entonces y hasta hace poco, tenía una duda: ¿soy periodista? Solo tenía un título y pocos meses de prácticas en un medio local. Es verdad que he intentado continuar formándome y no descolgarme demasiado, pero me he perdido muchas cosas importantes y he sentido miedo y cierta inseguridad respecto a mis capacidades.

Así que he llegado a pensar que el periodismo para mí iba a ser solo eso, un sueño.

Encontrar a la Asociación de Periodistas de Elche (APE) me ha ayudado a afrontar miedos e inseguridades y a abrir nuevos caminos, siempre acompañada.

Por ejemplo, he descubierto el periodismo comunitario. Desde la APE, colaboramos con compañeras de la red asociativa local en la comunicación de laII Trobada d’Associacions d’Elx, en septiembre de 2019. En este marco, organizamos junto a activistas ecologistas, un encuentro sobre cómo informar del cambio climático y el medio ambiente con enfoque territorial. Trabajamos mucho para preparar las actividades, con reuniones previas y aportando lo mejor de nosotras. Esta experiencia me ha permitido compartir tiempo con personas estupendas, trabajadoras y muy comprometidas. He conocido el entramado asociativo local y me he dado cuenta del papel protagónico de las mujeres. He aprendido mucho de las compañeras y he descubierto que se puede hacer otro tipo de periodismo.

He vuelto a conectar con mi sueño. Ahora sí, estoy segura de que esto es lo que me gusta y de que puedo hacerlo. Sé que soy periodista, y voy a seguir trabajando para conseguirlo.

Desinformación por coronavirus

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Por Sandra Morell Alemany

En estos días tan extraños y convulsos de confinamiento por coronavirus no puedo creer lo que veo. Podía esperar algunas cosas, aunque no imaginaba la irresponsabilidad y la falta de escrúpulos de algunos medios “de comunicación” a los que llamaría medios “de difusión de bulos”. Eso no es periodismo, es bulocracia y mata a la información.

Sé que hay muchos profesionales que son honestos y rigurosos con la información, pero el ruido que hacen los otros es insoportable porque cuentan con la colaboración de grandes medios para esparcir sus mentiras o medias verdades y crear odio, miedo y crispación en una sociedad que está atravesando una situación terrible. Además, la bola engorda a través de la redes sociales y se difunden mensajes falsos y capciosos.

Un ejemplo son las publicaciones de algunos medios o periodistas durante esta emergencia social. En la primera imagen se muestran dos portadas de ABC, una referida al Covid-19, de abril de 2020, y otra sobre el rescate a la banca de 2012. Para informar sobre medidas sociales ante el coronavirus, utiliza la palabra “alud”, algo que arrasa con todo a su paso. Sin embargo, la ayuda a la banca es un “dulce rescate”. Las palabras se usan con clara intencionalidad: a los bancos se les rescata dulcemente, mientras que rescatar a las personas significa imponer ideología. Rescatar a la gente es ideología y rescatar a la banca es justo y necesario.

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La segunda imagen es de elEconomista.com. Aparecen dos noticias contrapuestas en las que se observa que depende de quién proponga unas medidas similiares, son buenas o malas y se cuentan de una manera u otra. El tercer ejemplo es un bulo que difunde Eduardo Inda, desmentido por el Parlamento Europeo. Este periodista tiene 169.000 seguidores en Twitter, 169.000 personas que reciben el bulo como si fuera información veraz. Sigue el principio de miente que algo queda. Y eso no es periodismo, por mucho que se empeñen.

 Estamos presenciando un uso de los medios de comunicación que responde más al partidismo, la falacia y al todo vale, que a la función y responsabilidad social del periodismo. ¿Dónde queda la ética, el rigor informativo, la veracidad, las voces expertas?¿Dónde queda la información? El periodismo es un servicio esencial que no podemos ensuciar.

 Es indecente pretender imponer los intereses privados disfrazándolos de información, sin importar el miedo, la psicosis y el caos que se crean en una sociedad al borde del colapso en la que las personas más vulnerables se han vuelto a quedar sin nada. Eso no es periodismo. Eso no podemos permitirlo.

Cómo conté el Camp d’Elx por las ondas

Teresita Quiles
Con Teresita Quiles, la poetisa del Vinalopó, en su casa de Matola.

JOSÉ RAMÓN ESQUINAS

Hace ya algún tiempo que me metí en una casa cochambrosa y llena de poesías colgadas de las paredes. Eran de la poetisa del Vinalopó, Teresita Quiles, una octogenaria que tuvo la oportunidad de marchar a Madrid a estudiar siendo una niña y no lo hizo por imperativo de su madre, que temía lo que pudieran decir de ella los vecinos. En su pequeña morada de Matola, que compartía con su nieto, me refugié de la realidad entre sus versos por algo más de una hora y, cuando salí de aquellas cuatro paredes, comprendí que hay historias enterradas por el paso del tiempo que te topas en el camino inesperadamente y que hacen falta, me hacían falta.

Ésta fue una de las 400 personas del Camp d’Elx a las que entrevisté al azar a lo largo de un año y medio de travesía por el campo ilicitano. Han pasado ya tres, y puedo decir que ha sido unas de las experiencias periodísticas más placenteras que nunca he vuelto a vivir. Un recorrido por las pedanías era una serie de 29 reportajes radiofónicos semanales de 35 minutos que se emitían cada domingo en el programa Los fines de semana de TeleElx Radio Marca, donde colaboré más de dos años. Los libros de Baltasar Brotons me ayudaron mucho en el camino, ya que fue uno de los veteranos que mejor han reflejado la evolución del campo. Por eso también aproveché para orquestar un homenaje a título póstumo con vecinos allegados a él. También recuerdo el emotivo homenaje al artista Paco Viudes o al hotel de Arenales en sí, recreando cómo eran las instalaciones en los años sesenta a través del testimonio de María Sabater, la viuda del constructor que levantó este icono que lleva muchos años agonizando en primera línea.

Esta aventura local me dio otra perspectiva de todo. Sobre todo me hizo plantearme por qué el ser humano tiene ese ansia de viajar hacia límites insospechados si no conocemos al vecino que vive al lado. La misión era, también, lograr que residentes de otras pedanías o de ciudad empatizasen y conocieran costumbres próximas que en conjunto hacen grande a Elche, teniendo en cuenta que el grueso del término municipal es terreno rústico.

Doy gracias de haber podido tocar muchos timbres y haberme tomado muchas infusiones al cobijo de esa buena gente del campo para conocer por qué viven, dónde viven, qué inquietudes y miedos los acompañan cada día… Doy gracias también por haber sido fuerte de voluntad cuando en otros sitios no me abrieron la puerta, cuando no sabía dónde ir y hacía kilómetros y kilómetros con mi pequeña Opel Combo buscando historias que mereciera la pena contar, que me llevasen a los años cincuenta cuando los novios se hacían novios en los cines al aire libre y cuando la aprobación de los padres era esencial. O historias de superación.

El trabajo era completo, porque después de almacenar horas y horas de testimonios en la grabadora donde había de todo (desde un experto en Historia contando los orígenes de la torre de Carrús hasta vecinos indignados porque se sienten olvidados por la Administración), llegaba la parte en la que el Adobe Premiere y yo nos veíamos las caras. Una línea de tiempo y 35 minutos para hacer viajar al oyente. La postproducción es esencial. Sonidos de campanas, violines o del arado en el campo acompañan al mensaje y lo hacen más fuerte para introducir a todas estas familias, que sin tener nada que ver las unas con las otras, contaban su vida desde su prisma.

Esta experiencia me ofreció la capacidad de orientarme y conocer el entorno. Desconocía la cantidad de pedanías que hay en Elche cuando me encargaron la tarea, y eso que me he criado en una, en Torrellano Alto, que no Torrellano Bajo, que es otra, para quien no lo sepa.

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Protagonistas de la serie Un recorrido por las pedanías, de TeleElx-Radio Marca

En aquellos tiempos tenía mínimas tablas en esta profesión. Era un recién graduado que necesitaba un soplo de aire que lo hiciese reaccionar y servir de altavoz de infinitas personas que nunca tienen su sitio en la radio, en la tele o la prensa porque damos sus testimonios como meras formas de vivir, y siempre le damos más espacio a la urgencia, al representante, a la autoridad, convirtiendo al final el mensaje en homogéneo y sin novedad. Estoy orgulloso de haber contado tantas formas diferentes de vivir y de haber llorado con ellas. Gracias Teresita Quiles en representación de todas esas mujeres y hombres que me trataron con tanto cariño y con esa suave admiración de “un periodista quiere conocernos”. Este fue otro motivo que me dio para pensar que no podemos alejarnos de la gente porque entre todos construimos el relato y separarnos sólo conlleva que el ciudadano de a pie nos relacione con otras esferas, y dude.

Con todo ello aprendí que el periodismo es la calle. Es escuchar, palpar, entender y empatizar. Hace algo más de cuatro años que tengo un papelito más grande que un Din A3 firmado por el Rey que dice que soy graduado en Periodismo por la Universidad Miguel Hernández de Elche. No entraré en el debate sobre cuánto nos prepara asistir a clases teóricas y carentes de práctica durante cuatro años, pero gracias a ese paso puedo decir que he sido testigo “acreditado” de historias sobrecogedoras del campo ilicitano, y sólo a 10 kilómetros de casa.

En cuanto a mi trayectoria, durante el tercer curso de Periodismo, compaginé por primera vez clases con prácticas en verano en TeleElx, la que en ese momento era la única tele local en la ciudad (saludos a los compañeros de Elche 7TV). Después de cubrir ruedas de prensa y realizar algún que otro reportaje descubrí que este podía ser mi camino. Todos los días llegaba a casa extasiado, transmitía a mi familia tanta felicidad al ver que al final le había encontrado sentido a la carrera que la sonrisa nunca se me desdibujó aquel verano. Lo más reconfortante vino después, cuando me propusieron colaborar en el mismo grupo de comunicación pero esta vez en la radio, colaborando como reportero en un magacín de fin de semana. Ahí las pedanías alcanzaron su espacio de reivindicación y mostraron su identidad, o esa fue, al menos, la intención.

Después acabó el proyecto con este magacín y nunca más se retomó, toda una lástima. Con incertidumbre por no saber hacia dónde tirar y sin ningún quehacer, me dediqué a estudiar inglés y diseño gráfico, así como a grabar videos en Youtube para no perder esa conexión entre la cámara, la gente y los relatos, bajo el nombre #Esquinasheterocromicas (canal que me gustaría reactivar y no he encontrado momento).

Trabajando en un un rent a car y durante ese periplo recibí la oferta de colaborar en el diario Información Elche, hace ya algo más de dos años. Renuncié a entregar y ordenar coches y desde entonces cubro la actualidad de la comarca. Pero este es un berenjenal en el que me gustaría meterme en otro momento para contaros, ya que el chip en este trabajo es completamente diferente al relato distendido del Camp d’Elx. Prima más la prisa, los cambios y hace falta mucha paciencia.

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Encontre amb Pilar Algarra al Pinós, 1992 / El Cabeço

PER LORENA ESCANDELL CARBONELL

La xarxa de periodistes i fotoperiodistes feministes del País Valencià Les Beatrius hem preparat la ciberacció #Referents per tal de visibilitzar i reconéixer les nostres mestres i companyes de professió, perquè en tenim a grapats, encara que l’androcentrisme i el sexisme les menyspreen i les oculten. Pilar Algarra (el Xinorlet, Monòver, 1964) és una de les meues aportacions, per ser-ne inspiració, tal vegada per connectar-nos gènere i territori: ambdues som hereves de la Serra del Coto, al Vinalopó Mitjà. La vaig conéixer amb onze anys, quan presentava Notícies Nou, al vindre a l’escola perquè un grupet d’estudiants l’entrevistarem, convidada pel nostre mestre. Des de llavors, en veure-la per la tele, en pensava: Si ella pot, per què no jo?

Que important és tindre referents propers amb els quals poder connectar i descobrir vocacions, compartir, aprendre i defendre una professió i, a més a més, situar-nos al món.

Rosa Solbes (Alacant, 1950) n’és un altre exemple: figura destacada del periodisme de la Transició, escriptora i activista feminista. Llegir la seua biografia Rosa Solbes. El periodisme insurgent (Austrohongaresa, 2016), escrita per Esperança Costa i Gimeno, ens apropa al periodisme valent que busca insistentment, assenyala i enquadra, amb la convicció ferma de ser contrapoder i servici públic; amb el cos exposat i l’estomac encongit. També ens descobreix pràctiques, fites i alens, així com la nostra història dels darreres quaranta anys, inclosa la del periodisme (en) valencià, i amb perspectiva de gènere. És a dir, allò que s’obvia a les facultats, almenys a les del sud, faltes de models i d’experiències d’estudi i aprenentatge propis i propers, i que, per si no n’hi hagués prou, també ens estem perdent a hores d’ara en la pràctica quotidiana.

A les redaccions que no s’han desmantellat encara o als altres espais de treball a on ens han desplaçat forçosament, a casa sobretot, no tenim gent veterana de call i sola desgastada: periodistes que acumulen els coneixements, sabers i experiències que ens mantenen en alerta i mitjançant els quals aprenem els codis fonamentals de l’ofici. Així és com no fem servir ni valdre la memòria col·lectiva de la professió i com estem desarmant, en definitiva, les genealogies del periodisme, de manera que hi ha reflexions que no fem i aprenentatges que no incorporem i, per tant, àmplies possibilitats de confondre’ns, equivocar-nos i, el que és inadmissible, persistir en les errades. Per creatives i entusiastes que siguem, necessitem patrons d’aprenentatge, fins i tot per a ressignificar-los i fer-ne uns altres de nous.

Diuen que la funció del periodisme és contar què passa al món. Per a mi, el valor dels i les periodistes implica explicar per què passa allò que passa al món: intentar dissipar la confusió en la qual volen instal·lar-nos, posar llum allà on altres posen foscor, fer les preguntes i buscar les respostes que ens ajuden a comprendre’ns com a individus i comunitats, saber qui som, d’on venim i cap a on ens dirigim; en suma, facilitar claus per a afrontar els reptes de les societats actuals: diverses i complexes, canviants i desconcertants. I, per a assumir aquesta tasca gens fàcil, necessitem companyes i companys que hagen viscut més i diferent de nosaltres, les hemeroteques vives del periodisme, com sol dir un col·lega prejubilitat d’Elx.

Calen espais d’encontre i acció col·lectiva, com les Beatrius, on compartim i “donem la llanda” amb Rosa Solbes i altres referents, per a connectar, contar-nos i crear sinèrgies, també estratègies perquè puguem subvertir les lògiques neoliberals i patriarcals, desmuntar la individualitat, desnaturalitzar la precarietat, descosir la desmemòria, fer i defendre, al cap i a la fi, el periodi(gne)sme, juntes.

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Mural 8M Les Beatrius, amb Rosa Solbes (centre) València, 2018

El aborto sigue siendo tabú en los medios locales

Por Judith Maldonado Molina

Como mujer, el aborto me parece una cuestión importante en mi vida, porque lo considero un derecho a defender para mí y para mis compañeras. Como periodista, lo concibo como tema susceptible de protagonizar cualquier pieza mediática porque cumple con los criterios de noticiabilidad. Como ilicitana, me interesa aún más saber cómo se aplica la ley en mi ciudad.

Para finalizar el Grado en Periodismo decidí, con mi tutor Miguel Ors Montenegro, que mi trabajo de fin de carrera sería un reportaje sobre el aborto en Elche. El objetivo era contextualizarlo en la ciudad, entender esta realidad desde diferentes perspectivas y dibujar el recorrido histórico de las mujeres que lucharon -y lo siguen haciendo- por este derecho en la urbe de las palmeras.

Parece que la palabra “aborto” asusta, que cuando preguntas por ella se enciende automáticamente una alarma en la persona receptora que la hace estar alerta. Esto demuestra que todavía existe recelo a hablar sobre un hecho que afecta a millones de mujeres y un estigma que las persigue. Por este motivo, la comunicación con las instituciones sobre el tema no es fácil. En este punto tendrás que sacar tu lado más insistente y ser avispada para conseguir lo que necesitas. Pero, además, en Elche se cuenta con otro hándicap: apenas existe documentación y, la que hay, está dispersa.

La información de la que disponemos sobre el aborto en Elche se la debemos a las agrupaciones de mujeres que a lo largo de más de cuarenta años guardaron papeles y recuerdos.

Podemos confirmar la falta de interés de los medios de comunicación ilicitanos por recoger estos documentos y, sobre todo, por despertar el debate no solo nacional, sino mundial, en el terreno local. Las escasas publicaciones al respecto no se han enfocado desde una perspectiva de derechos, sino que se centran en las cifras y, en ocasiones, reproducen tabúes y estereotipos sociales.

Es responsabilidad de los periodistas romper con el discurso oficial, ofrecer una información adecuada y favorecer a la capacidad crítica de la ciudadanía.  Para ello es necesario reflejar las diferentes realidades que viven las mujeres.

Como recuerda  la periodista Lorena Escandell Carbonell, hay mujeres que no tienen hijos porque no quieren y es esa libertad de elección la que nos hace vivir con más autonomía. Para entender lo que se defiende desde los colectivos feministas, os invito a que tengáis presente lo que me dijo la activista Magdalena Melgarejo: que no debemos confundir los derechos con las obligaciones.

Pero no solo podemos señalar a la prensa. Es importante que los partidos políticos se posicionen sobre las condiciones del aborto, porque, aunque sea una competencia nacional, las acciones locales van a afectar a las mujeres de la ciudad que gobiernan. No solo consiste en mejorar la sanidad, sino en trabajar en el ámbito educativo, cuidar las campañas publicitarias, facilitar el trabajo a las asociaciones feministas, introducir la perspectiva de género en la agenda cultural… una larga lista de pequeños gestos que puede marcar la diferencia entre evolución positiva y estancamiento. Así que sí, el aborto también es política local y no nos olvidemos de que las mujeres tienen más que decir sobre él.

Como mujer, continuaré luchando con mis compañeras por la defensa de nuestros derechos. Como periodista, seguiré con esta investigación y aprenderé de los profesionales que me rodean. Como ilicitana, me volcaré por hacer de mi ciudad un lugar ejemplar.

Así aprendí a ser periodista

Rueda de Prensa de Narcís Serra en PSOE Elche- Elecciones Europeas junio 1994
Rueda de prensa de Narcís Serra en Elche, 1994 / José García Domene

POR DOMINGO LÓPEZ

Empecé a estudiar Periodismo en la Facultad de Ciencias de la Información de la Universitat Autònoma de Barcelona (UAB) el año que murió Franco; sí, ese al que ahora algunos intentan “resucitar”. Por eso, a finales de 1975 y durante buena parte de 1976, todavía era habitual encontrarse por los pasillos de la universidad a parejas o grupos de “grises” retirando carteles o disolviendo, porra en mano, alguna que otra reunión o asamblea de estudiantes. En este ambiente de explosión de libertad aún reprimida aprendí lo que era el lead o entradilla de una noticia, la fórmula de las cinco W (What, Who, When, Where, Why) y una H (How), es decir, el qué, quién, cuándo, dónde, por qué y cómo, que siempre deben responderse en una información para que ésta sea completa y las pautas, y normas básicas para la correcta redacción periodística. 

También conocí cómo se organizaban las distintas secciones de un periódico y me explicaron las claves para hacer un reportaje en sus diversas variantes o para plantear una entrevista; todo siempre acompañado de mucha teoría sobre los medios de comunicación,  Marshall McLuhan (el de el medio es el mensaje), Umberto Eco, la semiótica de la comunicación de masas, ética periodística, algo de economía, política, relaciones internacionales, la comunicación en el ámbito de la publicidad, etc., etc. Incluso tuvimos la oportunidad de hacer unas pequeñas prácticas de radio y televisión en los estudios que la UAB inauguró casi al final de los cinco años de carrera. Algunos de mis profesores, como Lluís Bassets, siguen hoy activos en medios como el diario El País. Otros, es el caso del ya desaparecido Iván Tubau, han dejado una profunda huella en el periodismo cultural de prensa escrita y televisión. 

Durante toda la carrera, y con la excepción de puntuales trabajos que nos encargaban los profesores a lo largo de cada curso, no tuve la oportunidad de realizar prácticas en ningún medio de comunicación. Eso sí, trabajé muchos fines de semana de caddie en el club de golf de San Cugat del Vallés; y en los veranos, me dediqué a recoger melones en el campo de Murcia o a poner copas en un pub de mi pueblo, Alcantarilla. Hasta me atreví un año a hacer la vendimia por tierras francesas. Necesitaba pasta y entonces la opción del repartidor de Telepizza aún no había llegado.

Así que, de pronto y casi sin darme cuenta, me veo con la carrera acabada y en posesión del título de Licenciado en Ciencias de la Información. Ya era periodista. Eso pensaba yo, pero la sensación que tuve cuando dejé la facultad era parecida a la que experimenté cuando me saqué el carné de conducir: había aprobado el examen, sí, pero no me atrevía a coger un coche y mucho menos a circular por una gran ciudad. Es decir, me faltaba lo esencial: práctica y rodaje.

En mi caso, y para ponerlo aún más complicado, mis primeras experiencias “periodísticas” fueron en una publicación comercial gratuita. Me harté a escribir reseñas publicitarias y publirreportajes al dictado, pero eso no era periodismo. Para que el circuito se fuera completando, poco después tuve la oportunidad de trabajar como corresponsal del diario La Verdad y de Radio Nacional de España (RNE) en Alcantarilla.

En la facultad no me habían enseñado cómo tratar a los políticos y, por mucha teoría recibida, tampoco me habían dicho cómo evitar pillarme los dedos con algunas informaciones.  De modo que la primera consigna que me dio mi redactor jefe de La Verdad fue: “Tú cuando llames a un concejal por teléfono empieza tuteándole y recalca la fuente todas las veces que sea necesario en la información”.

Y como suele ocurrir en todos los pueblos (y diría que, incluso, en muchas ciudades), dado que los ayuntamientos suelen ser los entes generadores de la mucha o poca información diaria, en ese periodo pude comprobar las dificultades y trabas con las que se encuentran los corresponsales de pequeñas localidades para obtener noticias. Era frecuente tropezarme en plena calle o en una cafetería con esos concejales y políticos con los que trataba, momento que aprovechaban para echarme la bronca porque lo que había salido publicado ese día (en especial el titular, que te lo había cambiado el redactor jefe) no era de su agrado. Por muchas explicaciones que dieras, sabías que se te había cerrado una puerta durante una buena temporada. 

Total, que entre la corresponsalía, colaboraciones en la Hoja del Lunes de Murcia, la aventura de poner en marcha Radio Alcantarilla, además de otras experiencias en publicaciones de carácter semanal, buena parte del rodaje estaba ya culminado y el diario La Verdad me ofreció un contrato de redactor en su delegación de Elche. Aquí vine para trabajar durante algo más de tres años cubriendo todo tipo de acontecimientos y cogiendo cada vez más “tablas” hasta el punto de atreverme con la elaboración, de vez en cuando, de artículos de opinión. Y tengo que agradecer al delegado de La Verdad de entonces, Arturo Andreu, que me animara a compaginar la información con la opinión, sabiendo en cada momento qué estaba haciendo y las diferencias entre una y otra.

Más tarde trasladé los trastos al diario Información, medio en el que he desarrollado la parte más extensa e importante de mi vida laboral y donde desempeñé labores informativas prácticamente en todas las secciones, si bien en una última etapa me centré más en la información económica y política.

Pasar por las distintas secciones de un periódico es probablemente la mejor forma de convertirse en un “todoterreno”, una especie de profesional del periodismo en fase de extinción. Te da una visión mucho más amplia de la realidad social, te permite conectar con muchos más colectivos ciudadanos (potenciando tu agenda de contactos) y adquieres resortes en la redacción periodística para atender cualquier evento, sea del tipo que sea, de una forma más que digna. 

Llegado a este punto, y para entrar un poco en la polémica suscitada al decidir la Federación de Asociaciones de Periodistas de España (FAPE) suprimir la disposición adicional que permitía, con carácter excepcional, la admisión como socios de quienes, sin tener la titulación de Periodismo, Comunicación o Comunicación Audiovisual, ejercen el periodismo como principal medio de vida, diré que el título certifica que has recibido una formación y que, supuestamente, estás preparado para ejercer la profesión, pero no te acredita como periodista. Y me voy al Diccionario de la Lengua Española para buscar el término ACREDITAR:  hacer digno de crédito algo, probar su certeza o realidad, afamar, dar crédito o reputación, dar seguridad de que alguien o algo es lo que representa o parece. Éstas son las tres principales acepciones. 

Como en todas las profesiones, la de periodista se puede desempeñar con mejor o peor criterio, actitud y competencia. En mi caso, la práctica y el trabajo jornada tras jornada en una etapa en la que todavía no habían irrumpido con fuerza las nuevas tecnologías, ha sido lo que ha hecho sentirme periodista, no la posesión del título, aunque no reniego por ello de lo que aprendí en la facultad. Luego está la cuestión de la ética periodística, algo que, en mi opinión, se ha devaluado mucho en los últimos años con demasiados casos de periodistas o pseudoperiodistas con pocos escrúpulos, atrincherados en determinadas posiciones ideológicas y que optan por enarbolar banderas en detrimento de la necesaria objetividad informativa.

Si a esto unimos los efectos de la crisis en el sector, el deterioro de la profesión por la precariedad laboral y las exigencias de empresas que no ven más allá de contar los clics o pinchazos de una noticia en Internet, junto a la irrupción de las redes sociales como herramientas alternativas (con todo lo bueno y lo malo que tienen) a los medios clásicos, tenemos el cóctel completo que configura la realidad actual del sector. Una realidad marcada, como la política, por un preocupante descrédito de la profesión.

Les dones no som un tema

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Manifestació contra la violència a Gaza. Elx, 2014 © Lorena Escandell Carbonell

PER LORENA ESCANDELL CARBONELL

Arriba el 8 març. El telèfon toca més de l’habitual. Els mitjans de comunicació preparen continguts pel Dia Internacional de les Dones. Parle amb diverses companyes i companys. Alguns ho tenen clar o almenys mitjanament reflexionat; altres no tant, malauradament. D’entre les propostes que plantegen, identifique dues pràctiques periodístiques ben diferenciades. D’una banda, qui pensa el 8M com una oportunitat per a situar temes en l’agenda, com ara la relació entre la forma en què representem dones i homes en les produccions culturals i la violència de gènere. D’una altra, qui troba en aquesta data una excusa per a omplir les programacions i els espais suposadament informatius sense fer cap mena d’esforç.

Reproduïsc una conversa típica:

−Vull parlar de dones, afirma la meua interlocutora.

−De quines dones? I de què exactament?, li responc.

−De dones, de les dones d’aquí, continua.

−Ja, però de quines situacions? –li torne a preguntar−. Les dones ho abastem tot, cal enfocar més i millor.

−Bé, et contacte perquè tu saps més del tema.

Referir-nos a les dones en genèric, sense cap reflexió prèvia ni sentit crític, implica, per a començar, un falta d’originalitat i d’escassa voluntat creativa; i, en essència, una clara demostració de peresa mental que menysprea la nostra professió. A més a més, aquesta forma de procedir resulta més indignant si és possible en saber-ne que els criteris són altres quan es tracta de temes no associats a la igualtat.

I per si no n’hi hagués prou, açò suposa aprofundir en les desigualtats i en la discriminació de les dones en tant que, des dels mitjans de comunicació, seguim reproduint les asimetries de gènere que ens mantenen en el silenci i en la insignificança.

Què fem? Per una part, ocupar els espais per a repetir missatges i plantejaments, per a no aprofundir ni avançar, de manera que parlem tothora de les mateixes dones (unes quantes blanques i privilegiades) i de les mateixes situacions, sense incorporar perspectives noves i diverses que aporten claus al debat públic per a comprendre i acompanyar els canvis socials. Per l’altra, assumir la no diversitat de les dones i de les nostres realitats, com si una o un grup de nosaltres fórem representatives de la totalitat. Vivim en contextos socials i culturals que ens violenten pel fet de ser dones. Ara bé, això no significa que les nostres condicions de vida puguen ser contades, analitzades i definides d’una manera tan simple i uniforme.

Parlar de les dones en abstracte significa, així mateix, una banalització de les nostres vides, perquè se’ns conceptualitza, com diu la professora Sonia Núñez Puente, com a fetitxes, com a objectes de consum, com a llocs comuns. És a dir, com a subjectes que hi estem i dels quals s’en parla, sense cap poder polític ni agència.

Hem de parlar de les dones a través de les realitats que vivim, comparant-les entre d’elles i en relació amb els homes, amb un sentit crític i una intenció conscientment informativa. Perquè les dones no som un tema. Un tema són les situacions de desigualtat i discriminació que vivim, i fins i tot, les nostres aliances i resistències: és aquí on cal parar atenció.

 

Del aula a la redacción

POR CARLOS SERRANO GUILLÉN

Tras doce años en el mundo de la hostelería, decidí virar por completo el rumbo de mi vida laboral para emprender un camino distinto. Era 2015 y ya habían pasado siete años tras el estallido de la burbuja financiera. Este hecho había producido que la precariedad se viese recrudecida tras tantos años de recortes en todos los sectores. Pese a ello, vi en la crisis una oportunidad. Puede parecer extraño, sí, pero era el momento perfecto para volver a estudiar y formarme en una profesión que siempre había querido ejercer: el periodismo.

Para mí, no supone únicamente un trabajo diferente, sino que lo considero otro modo de vivir distinto al que estaba acostumbrado. El periodismo bien entendido es una potente herramienta que tiene la capacidad para transformar a mejor la sociedad en la que vivimos.

Por lo tanto, viendo que parecía que las cosas estaban empeorando a nivel socio-económico tomé rumbo a la universidad. Por mi parte, estaba dispuesto a cambiar mi modo de vida dejando todo atrás con el único objetivo de poder aportar un pequeño granito de arena para construir una sociedad más justa e igualitaria.

Ya en la actualidad y habiendo publicado algún que otro artículo (entre ellos, una entrevista en El Salto), me puse en contacto con distintos medios de comunicación para poder formalizar mis prácticas de empresa. Finalmente, tras varios intentos, me contestaron en uno de ellos que aunque no estaba situado en la localidad en la que resido me parecía una oportunidad que no podía dejar escapar. Por fin había llegado mi momento para poder aplicar toda la teoría que había estado aprendiendo durante el curso académico a la práctica. Se trataba de la empresa de telecomunicaciones Cableworld, que cuenta con una amplia variedad de canales locales de producción propia, entre ellos Tele Elda, en el que actualmente trabajo como becario. Casualmente, hacía poco tiempo que habían instalado una de sus oficinas enfrente de mi casa, lo que me permitió conocer la existencia de la empresa para, posteriormente, ponerme en contacto con la misma.

Gracias a este canal local de Elda he podido dar mis primeros pasos en el mundo de la televisión: he elaborado mis primeros reportajes, he realizado mis primeras entrevistas a pie de calle, he acudido a alguna que otra rueda de prensa y he colaborado en la producción de programas informativos y magazines.

Asimismo, he trabajado la locución de noticias, la edición de vídeos y he tenido la ocasión de conocer desde dentro de una cadena televisiva del mismo grupo de comunicación (Tele Monóvar) cómo se trabaja en una jornada tan importante, informativamente hablando, como es la del día de las elecciones locales y europeas.

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Redacción de Tele Elda | Carlos Serrano

Por el momento, la experiencia está siendo extraordinaria. Lo que peor llevo es el transporte, ya que el hecho de tener que desplazarme hasta Elda todos los días me roba bastante tiempo. Pese a ello, la acogida que he tenido por parte del resto del equipo, que desde el primer momento me ha tratado como uno más, lo hace bastante llevadero.

Aunque las prácticas de empresa no son obligatorias en la universidad, considero que se presentan al estudiante como una experiencia más para comenzar a desarrollar las tareas propias de la profesión periodística.

El hecho de empezar a dar los primeros pasos en un medio de comunicación local supone para el estudiante todo un reto. No obstante, la formación debe ser constante, por lo que siempre que tengo un hueco en la agenda trato de acudir a todas las conferencias que se llevan a cabo en la Universidad o por parte de la Asociación de Periodistas de Elche, a la cual también tengo que agradecer la acogida que ha tenido conmigo. Es un camino muy largo y todavía queda mucho por aprender. El recorrido no parece tener pausa, pero no tengo prisa, ya que esto solo acaba de comenzar.

La cultura del prisma

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Babuinos en el parque natural de Amboseli (Kenia, 2017) © Miriam Sanz Jiménez

Por Miriam Sanz Jiménez

Hace aproximadamente cinco años, tal vez seis, después de formarme en la docencia y en la psicología, decidí ser periodista. Al contrario que otros compañeros no me metí a ciegas. Sabía perfectamente de la crisis feroz en el sector, que muchos acaban abocados al marketing, que otros ni siquiera trabajan en los medios de comunicación y que, aun siendo así, uno tiene que teñirse del color de la línea editorial y encasillarse en un ideario político. Así que lo mío fue una apuesta arriesgada o un suicidio de consecuente locura, pero impulsado por una necesidad; la de transmitirle al mundo la realidad en la que vivimos.

Hace tiempo que me encuentro con una doble visión del paradigma del desarrollo humano. Por un lado, vivimos en un mundo culturalmente construido, dominado por el capital, el intercambio de personas y conocimientos y empujado por las modas y las necesidades de consumo para satisfacer el sentimiento de pertenencia que sólo se obtiene a través de la exhibición de lo material y lo intelectual. Por otro, está el mundo real del que no sabemos absolutamente nada.

Casi nadie de a pie conoce los procesos de alimentación de las plantas, cómo se forman las montañas y los valles; por qué es importante que haya biodiversidad en un ecosistema, qué significa que no la haya, o qué ocurre cuando se alteran los ciclos regenerativos de las selvas o los bosques. Muchas personas desconocen que la mayor parte del oxígeno no viene de los árboles sino de los océanos. Esa es mi realidad y la de todos.

Todos vivimos en el mismo mundo y es un lugar del que no sabemos ni comprendemos nada.

Aún asociamos el problema del cambio climático al iceberg derretido con el oso polar raquítico, a miles de kilómetros de casa. No obstante, la contaminación atmosférica mata a más personas que el tabaco en todo el mundo. El agua que bebemos o los animales y plantas que comemos también están adulterados por los procesos de producción. Y es algo que debería estar encabezando las agendas de los medios de comunicación y de la preocupación de las personas para exigir una buena calidad de vida. Es triste y un poco “orweliano” pensar en que nos preocupa más la marca de la ropa, coche o móvil que lo que comemos, respiramos y, al fin y al cabo, donde vivimos. Y a eso llamamos progreso.

Para más inri, hemos aceptado que para que unos cuantos vivan así (no me incluyo, ya que considero que el hecho de comer diariamente y tener un techo no es tener calidad de vida) el resto de las personas ha de hacerlo por debajo del respeto a los derechos humanos y la cultura del trabajo arrasa en el top de la dignidad. El 1% de los ricos del mundo acumula el 82% de toda la riqueza global. Y nos hemos acostumbrado a ello mientras el sistema nos permita escalar para pertenecer, o creer que pertenecemos, a ese estatus superior.

Y como nunca me sentí cómoda en el mundo irreal decidí cambiar el prisma.

Me zambullí en el océano Pacífico; vi a las tortugas golfinas correr hacia el mar nada más nacer; observé la destrucción de los manglares colimenses en México; fotografié la gran migración de ñus en el Serengueti; hice una expedición en un barco científico que estudiaba la migración de las ballenas jorobadas; comí pescado en la playa escuchando a las comunidades indígenas compartir la cultura de la tierra con los más pequeños (yo incluida) y un largo etcétera de experiencias que están conformando mi forma de entender la vida.

Porque hay muchas formas de entender la vida, y cuando consigues romper el sesgo cultural y etnocéntrico y ver a través de los ojos de los demás, siempre con respeto y humildad, es increíble. Destruyes en tu cabeza la idea de “la verdad” o “lo correcto”. Y un mundo de posibilidades en las que jamás habías pensado; se abre en tu mente.

Ver un gorila en su hábitat, bañarse con tortugas y delfines en aguas cristalinas u observar a un elefante en libertad se están convirtiendo en lujos al alcance de muy pocos cuando no debería ser así. Ellos estaban primero. La belleza del mundo no está en venta. Con todo, cuanto menos quede, mayor será también el negocio que genere, eso sí, al alcance de ese 1%. ¿Es el mundo que queremos dejar a las generaciones que vienen?

Mi expectativa de vida la verdad es que no es gran cosa. Sé que no me voy a hacer rica diciéndole a la gente qué pueden hacer como individuos para convertir este lugar en un sitio mejor y más habitable. Sé que a pocos les importan los gorilas o las ballenas. A mí sí me importan. Y he decidido que voy a vivir en ese lado del mundo. En el mundo real.

Hasta ahora todo eso lo he ido financiando trabajando en incontables cosas y perdiendo incluso algo de dignidad por el camino. Pero cada puesta de sol bien valía por esos cinco euros la hora. Ahora soy periodista.

Y estoy centrando la viabilidad de mis proyectos en posibles becas de movilidad internacional, trabajos cooperativos, presentando reportajes y piezas a concursos, y buscando trabajos freelance que me permitan viajar; por ejemplo trabajos de copywriter, generando contenidos para webs y blogs de forma remota, y buscándome la vida en general. No descarto experiencias de voluntariado que me acerquen a lugares que quiero conocer y donde poder escribir. De momento, voy volcando mis experiencias en el blog Marea Roja, que algún que otro fruto va dando.

Con todo, la expectativa es esa. Sentir el viaje. Conocer, saborear cada minuto y cada nueva sensación. Explorar el mundo en el que vivo, renunciando a esos cimientos básicos y a esa parcelita de seguridad. No quiero que un banco me diga lo que puedo y no puedo tener: porque las cosas que quiero tener, la mayoría, no se compran con dinero. Una vez aprendes algo así y te deshaces del miedo a la vida, a la jubilación, al qué dirán, al futuro, empiezas a vivir y a disfrutar del presente.

Quiero estar del lado de las personas que no tienen voz y aprender de ellas. Quiero envejecer sabiendo que hice lo que tenía que hacer y que, como comunicadora, no me dediqué a la chorrada y a la pantomima; quiero creer que hice lo correcto del lado correcto. Y sé que el periodismo ambiental y social me va a llenar la sonrisa como nada material puede hacerlo.

 

La era de los ‘prosumidores’ o productores en red. ¿Profesión periodística en riesgo de extinción?

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Por Antonio Sánchez Vicente 

A principios de los años 90 comenzaba a implantarse una nueva tecnología en los medios de comunicación social, principalmente en las emisoras de radio y TV, pero también en la prensa escrita. Recuerdo cuando en las emisoras musicales, el locutor o la locutora de turno, decía aquello de “estás escuchando música en sonido compacto y formato digital”, dejando claro a los oyentes que no escucharían aquel sonido tan particular que emitía la aguja cruzando el surco sucio o desgastado del disco. El vinilo daba paso, poco a poco, a un nuevo formato sonoro en el que, sin duda alguna, una nueva revolución tecnológica empezaba a ocupar terreno. Los ordenadores empezaron a sustituir a aparatos como los reproductores de cintas, casetes y cartuchos publicitarios.

En tan sólo una década la radio y la TV comenzaron a cambiar para sus seguidores, pero también la forma de trabajar. El perfil profesional del técnico de sonido pasó a ser historia en las pequeñas y medianas empresas del sector. A la vez que ocurría todo esto, la presencia de estudiantes de Periodismo o Comunicación Audiovisual comenzaba a ser cada vez mayor en los medios de comunicación. Cuando al fin todo parecía tranquilizarse en el sector, la expansión de Internet con los ordenadores personales, la telefonía móvil y las primeras comunicaciones en redes provoca un cambio significativo en la comunicación social.

Con el tiempo los avances tecnológicos dan paso a la era digital provocando que los medios de comunicación empiecen a sentirse amenazados por los nuevos hábitos de consumo en la sociedad. La prensa escrita pasa a leerse en formato digital, el papel deja de ser atractivo para una parte de la población que prefiere pasar las pantallas de sus dispositivos, a pasar las hojas. La llegada de plataformas musicales se convierte en una seria amenaza para la radio fórmula. De hecho, ya se puede hacer radio en directo en redes incluso de forma simultánea en varias a la vez. Y la emisión en streaming de nuevos formatos televisivos hacen que la TV a la carta sea una realidad.

Las redes sociales se convierten en serios competidores de los medios de comunicación y ante todo esto las empresas empiezan a subirse al carro. Incluso a la profesión periodística le sale un nuevo competidor, el prosumer o ‘prosumidor’: mitad productor, mitad consumidor.

El ‘prosumidor’, sin necesidad de pasar filtros ni códigos deontológicos, publica en redes haciendo uso de su libertad de expresión que le amparan las leyes. Y ese derecho fundamental que da sentido a una sociedad democrática cobra sentido sin que, en la mayoría de los casos, estas personas sean conscientes de ello. Pero, ¿quiénes son verdaderamente las personas ‘prosumidoras’?

La respuesta es bien sencilla, toda o casi toda la ciudadanía que no se encuentra afectada por la brecha digital y accede a diario a las redes sociales dando rienda suelta a su libertad expresión. Opinar y producir en línea es la base principal de este nuevo perfil. Los ‘prosumidores’ generan nuevos debates, incluso producen noticias con la publicación de fotografías y vídeos de creación propia.

Muchas de estas producciones también se reproducen en los medios de comunicación tradicionales al ser el único documento que puede dar valor a una noticia. Las autorías no son reclamadas (salvo en algunos casos) y los derechos de la propiedad intelectual no tienen especial interés entre una parte de estos nuevos productores. No importa la calidad de los documentos o archivos que se suben a la red, ni siquiera si se vulnera el derecho fundamental de protección de la personalidad, la intimidad, el honor o de la propia imagen.

La proliferación de las fake news (noticias falsas) o los grupos sociales que generan opinión entre el resto de la ciudadanía están dando un giro significativo al concepto de comunicación tradicional.

Los líderes políticos se pronuncian antes en las redes que en los medios y, dependiendo de la notoriedad de la noticia, ésta termina también en los medios tradicionales. Si a todo esto añadimos que ahora la producción en directo, tanto en formato de vídeo como en audio – el equivalente a la TV y la radio- es una realidad al alcance de todas las personas, los medios de comunicación social deben empezar a plantearse en serio la convergencia de sus contenidos a las múltiples plataformas y pensar en una nueva estructuración empresarial.

Y, en ese avance, los profesionales del sector también han de hacerlo. Sin duda alguna estamos ante un cambio significativo sin precedentes en la comunicación tradicional. Nuevos formatos y formas de consumo impensables hasta hace unos años se imponen a los métodos tradicionales.

La profesión periodística no puede quedarse cruzada de brazos. Dar la espalda a la realidad esperando la llegada de un tsunami tecnológico que arrase con todo no es lo más conveniente. Es tiempo de reflexión, de formación continua, de acción inmediata y de saber hacer las cosas tal y como demanda la sociedad actual. Todo va muy rápido y lo que tarda en contarse deja de ser actualidad. Innovar constantemente, mejorar los formatos que ya funcionan y dar un nuevo aliento al sector es necesario. Ahora no hace falta ser periodista para ser una persona influencer en la información. No perdamos el tren de la oportunidad ni de vista lo que está por llegar.

Antonio Sánchez Vicente es empresario de comunicación online y estudiante del Grado de Comunicación en la Universitat Oberta de Catalunya.