Soy periodista

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Marga Guilló Durà, de ADR Camp d’Elx, en el encuentro sobre comunicación y cambio climático
Por Sandra Morell Alemany

El periodismo era mi sueño. Buscar historias, investigar, preguntar, contrastar… y, después, contarlo por la radio. Quería cambiar algo, que la sociedad estuviera informada, que tuviera poder, que no la pudieran engañar. Eso es el periodismo para mí y eso creía que era: informar, contar realidades e invitar a la reflexión y al cambio.

Mi realidad, sin embargo, es muy diferente.

Empecé a estudiar Periodismo en 2005. Terminé en 2016, compaginando estudios con trabajos precarios en los últimos años. Desde entonces y hasta hace poco, tenía una duda: ¿soy periodista? Solo tenía un título y pocos meses de prácticas en un medio local. Es verdad que he intentado continuar formándome y no descolgarme demasiado, pero me he perdido muchas cosas importantes y he sentido miedo y cierta inseguridad respecto a mis capacidades.

Así que he llegado a pensar que el periodismo para mí iba a ser solo eso, un sueño.

Encontrar a la Asociación de Periodistas de Elche (APE) me ha ayudado a afrontar miedos e inseguridades y a abrir nuevos caminos, siempre acompañada.

Por ejemplo, he descubierto el periodismo comunitario. Desde la APE, colaboramos con compañeras de la red asociativa local en la comunicación de laII Trobada d’Associacions d’Elx, en septiembre de 2019. En este marco, organizamos junto a activistas ecologistas, un encuentro sobre cómo informar del cambio climático y el medio ambiente con enfoque territorial. Trabajamos mucho para preparar las actividades, con reuniones previas y aportando lo mejor de nosotras. Esta experiencia me ha permitido compartir tiempo con personas estupendas, trabajadoras y muy comprometidas. He conocido el entramado asociativo local y me he dado cuenta del papel protagónico de las mujeres. He aprendido mucho de las compañeras y he descubierto que se puede hacer otro tipo de periodismo.

He vuelto a conectar con mi sueño. Ahora sí, estoy segura de que esto es lo que me gusta y de que puedo hacerlo. Sé que soy periodista, y voy a seguir trabajando para conseguirlo.

Informar sobre el coronavirus

Per la nostra funció de servei públic, el paper del periodisme és clau en aquesta situació d’emergència social deguda a la Covid-19. Per això, tenim la responsabilitat d’informar amb rigor i diligencia professional amb veus expertes i diverses, recollint informació veraç i d’utilitat i sense crear alarma social.

Vos compartim un text de la revista de divulgació científica de la Universitat de València, Mètode, que recull algunes indicacions per a les cobertures informatives. Segons l’article, les informacions han de ser clares, rigoroses i coordinades, cal buscar les fonts adecuades, comunicar en clau col·lectiva i trobar l’equilibri entre l’alarmisme i l’excés de positivisme.

Com informar sobre el coronavirus? Divulgació en temps de crisi  Diana Moret i Soler, Mètode UV, 23/03/20

El aborto sigue siendo tabú en los medios locales

Por Judith Maldonado Molina

Como mujer, el aborto me parece una cuestión importante en mi vida, porque lo considero un derecho a defender para mí y para mis compañeras. Como periodista, lo concibo como tema susceptible de protagonizar cualquier pieza mediática porque cumple con los criterios de noticiabilidad. Como ilicitana, me interesa aún más saber cómo se aplica la ley en mi ciudad.

Para finalizar el Grado en Periodismo decidí, con mi tutor Miguel Ors Montenegro, que mi trabajo de fin de carrera sería un reportaje sobre el aborto en Elche. El objetivo era contextualizarlo en la ciudad, entender esta realidad desde diferentes perspectivas y dibujar el recorrido histórico de las mujeres que lucharon -y lo siguen haciendo- por este derecho en la urbe de las palmeras.

Parece que la palabra “aborto” asusta, que cuando preguntas por ella se enciende automáticamente una alarma en la persona receptora que la hace estar alerta. Esto demuestra que todavía existe recelo a hablar sobre un hecho que afecta a millones de mujeres y un estigma que las persigue. Por este motivo, la comunicación con las instituciones sobre el tema no es fácil. En este punto tendrás que sacar tu lado más insistente y ser avispada para conseguir lo que necesitas. Pero, además, en Elche se cuenta con otro hándicap: apenas existe documentación y, la que hay, está dispersa.

La información de la que disponemos sobre el aborto en Elche se la debemos a las agrupaciones de mujeres que a lo largo de más de cuarenta años guardaron papeles y recuerdos.

Podemos confirmar la falta de interés de los medios de comunicación ilicitanos por recoger estos documentos y, sobre todo, por despertar el debate no solo nacional, sino mundial, en el terreno local. Las escasas publicaciones al respecto no se han enfocado desde una perspectiva de derechos, sino que se centran en las cifras y, en ocasiones, reproducen tabúes y estereotipos sociales.

Es responsabilidad de los periodistas romper con el discurso oficial, ofrecer una información adecuada y favorecer a la capacidad crítica de la ciudadanía.  Para ello es necesario reflejar las diferentes realidades que viven las mujeres.

Como recuerda  la periodista Lorena Escandell Carbonell, hay mujeres que no tienen hijos porque no quieren y es esa libertad de elección la que nos hace vivir con más autonomía. Para entender lo que se defiende desde los colectivos feministas, os invito a que tengáis presente lo que me dijo la activista Magdalena Melgarejo: que no debemos confundir los derechos con las obligaciones.

Pero no solo podemos señalar a la prensa. Es importante que los partidos políticos se posicionen sobre las condiciones del aborto, porque, aunque sea una competencia nacional, las acciones locales van a afectar a las mujeres de la ciudad que gobiernan. No solo consiste en mejorar la sanidad, sino en trabajar en el ámbito educativo, cuidar las campañas publicitarias, facilitar el trabajo a las asociaciones feministas, introducir la perspectiva de género en la agenda cultural… una larga lista de pequeños gestos que puede marcar la diferencia entre evolución positiva y estancamiento. Así que sí, el aborto también es política local y no nos olvidemos de que las mujeres tienen más que decir sobre él.

Como mujer, continuaré luchando con mis compañeras por la defensa de nuestros derechos. Como periodista, seguiré con esta investigación y aprenderé de los profesionales que me rodean. Como ilicitana, me volcaré por hacer de mi ciudad un lugar ejemplar.

La cultura del prisma

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Babuinos en el parque natural de Amboseli (Kenia, 2017) © Miriam Sanz Jiménez

Por Miriam Sanz Jiménez

Hace aproximadamente cinco años, tal vez seis, después de formarme en la docencia y en la psicología, decidí ser periodista. Al contrario que otros compañeros no me metí a ciegas. Sabía perfectamente de la crisis feroz en el sector, que muchos acaban abocados al marketing, que otros ni siquiera trabajan en los medios de comunicación y que, aun siendo así, uno tiene que teñirse del color de la línea editorial y encasillarse en un ideario político. Así que lo mío fue una apuesta arriesgada o un suicidio de consecuente locura, pero impulsado por una necesidad; la de transmitirle al mundo la realidad en la que vivimos.

Hace tiempo que me encuentro con una doble visión del paradigma del desarrollo humano. Por un lado, vivimos en un mundo culturalmente construido, dominado por el capital, el intercambio de personas y conocimientos y empujado por las modas y las necesidades de consumo para satisfacer el sentimiento de pertenencia que sólo se obtiene a través de la exhibición de lo material y lo intelectual. Por otro, está el mundo real del que no sabemos absolutamente nada.

Casi nadie de a pie conoce los procesos de alimentación de las plantas, cómo se forman las montañas y los valles; por qué es importante que haya biodiversidad en un ecosistema, qué significa que no la haya, o qué ocurre cuando se alteran los ciclos regenerativos de las selvas o los bosques. Muchas personas desconocen que la mayor parte del oxígeno no viene de los árboles sino de los océanos. Esa es mi realidad y la de todos.

Todos vivimos en el mismo mundo y es un lugar del que no sabemos ni comprendemos nada.

Aún asociamos el problema del cambio climático al iceberg derretido con el oso polar raquítico, a miles de kilómetros de casa. No obstante, la contaminación atmosférica mata a más personas que el tabaco en todo el mundo. El agua que bebemos o los animales y plantas que comemos también están adulterados por los procesos de producción. Y es algo que debería estar encabezando las agendas de los medios de comunicación y de la preocupación de las personas para exigir una buena calidad de vida. Es triste y un poco “orweliano” pensar en que nos preocupa más la marca de la ropa, coche o móvil que lo que comemos, respiramos y, al fin y al cabo, donde vivimos. Y a eso llamamos progreso.

Para más inri, hemos aceptado que para que unos cuantos vivan así (no me incluyo, ya que considero que el hecho de comer diariamente y tener un techo no es tener calidad de vida) el resto de las personas ha de hacerlo por debajo del respeto a los derechos humanos y la cultura del trabajo arrasa en el top de la dignidad. El 1% de los ricos del mundo acumula el 82% de toda la riqueza global. Y nos hemos acostumbrado a ello mientras el sistema nos permita escalar para pertenecer, o creer que pertenecemos, a ese estatus superior.

Y como nunca me sentí cómoda en el mundo irreal decidí cambiar el prisma.

Me zambullí en el océano Pacífico; vi a las tortugas golfinas correr hacia el mar nada más nacer; observé la destrucción de los manglares colimenses en México; fotografié la gran migración de ñus en el Serengueti; hice una expedición en un barco científico que estudiaba la migración de las ballenas jorobadas; comí pescado en la playa escuchando a las comunidades indígenas compartir la cultura de la tierra con los más pequeños (yo incluida) y un largo etcétera de experiencias que están conformando mi forma de entender la vida.

Porque hay muchas formas de entender la vida, y cuando consigues romper el sesgo cultural y etnocéntrico y ver a través de los ojos de los demás, siempre con respeto y humildad, es increíble. Destruyes en tu cabeza la idea de “la verdad” o “lo correcto”. Y un mundo de posibilidades en las que jamás habías pensado; se abre en tu mente.

Ver un gorila en su hábitat, bañarse con tortugas y delfines en aguas cristalinas u observar a un elefante en libertad se están convirtiendo en lujos al alcance de muy pocos cuando no debería ser así. Ellos estaban primero. La belleza del mundo no está en venta. Con todo, cuanto menos quede, mayor será también el negocio que genere, eso sí, al alcance de ese 1%. ¿Es el mundo que queremos dejar a las generaciones que vienen?

Mi expectativa de vida la verdad es que no es gran cosa. Sé que no me voy a hacer rica diciéndole a la gente qué pueden hacer como individuos para convertir este lugar en un sitio mejor y más habitable. Sé que a pocos les importan los gorilas o las ballenas. A mí sí me importan. Y he decidido que voy a vivir en ese lado del mundo. En el mundo real.

Hasta ahora todo eso lo he ido financiando trabajando en incontables cosas y perdiendo incluso algo de dignidad por el camino. Pero cada puesta de sol bien valía por esos cinco euros la hora. Ahora soy periodista.

Y estoy centrando la viabilidad de mis proyectos en posibles becas de movilidad internacional, trabajos cooperativos, presentando reportajes y piezas a concursos, y buscando trabajos freelance que me permitan viajar; por ejemplo trabajos de copywriter, generando contenidos para webs y blogs de forma remota, y buscándome la vida en general. No descarto experiencias de voluntariado que me acerquen a lugares que quiero conocer y donde poder escribir. De momento, voy volcando mis experiencias en el blog Marea Roja, que algún que otro fruto va dando.

Con todo, la expectativa es esa. Sentir el viaje. Conocer, saborear cada minuto y cada nueva sensación. Explorar el mundo en el que vivo, renunciando a esos cimientos básicos y a esa parcelita de seguridad. No quiero que un banco me diga lo que puedo y no puedo tener: porque las cosas que quiero tener, la mayoría, no se compran con dinero. Una vez aprendes algo así y te deshaces del miedo a la vida, a la jubilación, al qué dirán, al futuro, empiezas a vivir y a disfrutar del presente.

Quiero estar del lado de las personas que no tienen voz y aprender de ellas. Quiero envejecer sabiendo que hice lo que tenía que hacer y que, como comunicadora, no me dediqué a la chorrada y a la pantomima; quiero creer que hice lo correcto del lado correcto. Y sé que el periodismo ambiental y social me va a llenar la sonrisa como nada material puede hacerlo.